SANTIAGO BARBADILLO DE MARÍA, Director general de Barbadillo Asociados

Consultor con una dilatada experiencia en franquicia, el editor de esta revista explica en su número 100 que el gran reto del sistema es aumentar su nivel de calidad, lo que pasa por una mayor formación de los candidatos.

Fecha: 04/06/2007

SANTIAGO BARBADILLO DE MARÍA, Director general de Barbadillo Asociados

La relación de Santiago Barbadillo con la franquicia se remonta a unos tiempos en los que esta fórmula comercial era una gran desconocida para el mercado español. Antes de crear en 1994, junto a Juan Ulloa, la consultoría que dirige, ya tuvo sus primeros contactos con el sistema en el Reino Unido, en el National Westminster Bank de Londres. Otro acontecimiento clave en su carrera tuvo lugar en 1988, cuando constituyó, ya en España, el departamento de franquicias de NatWest Bank, “pionero en ofrecer este tipo de servicios especializados en la banca nacional”, recuerda. Barbadillo también es el impulsor de esta revista, que lanzó hace nueve años y de la que es editor. Ahora, con motivo del número 100 de la publicación, repasa la profunda evolución que ha experimentado desde entonces la franquicia en España. 

¿Cómo ha cambiado la franquicia en España desde que la revista comenzó su andadura, allá por junio de 1998? La transformación ha sido enorme. En primer lugar, hay que subrayar el incremento de las redes operativas en el mercado, pues en aquellos años apenas se superaban las 500 cadenas. Sin embargo, yo creo que el principal cambio ha tenido que ver con la calidad del sistema, un campo en el que se ha progresado notablemente, pero donde aún quedan cosas por hacer. En general, ha aumentado la calidad media en la oferta de franquicias. Y esto se debe a que la verdadera mejora se ha producido en el nivel de conocimiento de los potenciales asociados, tanto en lo que se refiere a la formación como a la información que poseen respecto a esta fórmula comercial. 

En este contexto, me imagino que los emprendedores se han vuelto más exigentes a la hora de seleccionar los conceptos de negocio donde van a invertir. 
No creo que la palabra correcta sea exigencia, pues el asociado, en sí, es poco exigente. En este sentido, el emprendedor parte en las negociaciones con la central con un cierto sentimiento de inferioridad o de dependencia, por lo que no plantea las conversaciones desde un punto de vista marcado por el rigor. Lo que sí observamos es cómo el candidato hace preguntas con más sentido y solicita informaciones obvias que, posiblemente, hace unos años no pediría. Un ejemplo de esto es que, hoy en día, es frecuente que el interesado quiera hablar con otros integrantes de la red antes de incorporarse al proyecto, una petición que no era tan habitual en ejercicios anteriores. 

¿El mayor conocimiento de los potenciales franquiciados dificulta la entrada en el mercado de proyectos con bases poco sólidas? 
Es cierto que resulta más complicado que hace diez años, pero eso no quita que siga siendo factible que alguien pueda ofrecer a un emprendedor un proyecto de franquicia endeble. 

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